8/18/2014

NIRVANA Y EL ÚLTIMO MALESTAR GENERACIONAL

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   Esa década de los 80 del siglo pasado, tan añorada por unos tantos y aborrecida por otros tantos más, ha sido quizá la peor en las casi seis décadas en los anales del rock. Y no hay que basarse en tan sólo en lo horrorosa de su estética, tan llena de ropas fofas y de colores chillones o los peinados estrambóticos de inenarrables formas, sino de la generalidad en su música, dominada por sintetizadores y cajas de ritmos con beats bailables y figuras melódicas y armónicas que se repetían hasta la nausea. El espíritu primigenio del género había perdido por esos años y como se había extraviado en la época de la música disco, se necesitaba un nuevo y estruendoso movimiento que, como el punk en los 70, viniera a trastocar complacencias y vacuidades. A finales de la década se habían asomado algunos intentos subterráneos que desafiaban a aquel espantoso imperio mainstream, tan apoyado y respaldado por la hoy cuaretentona MTV. Agrupaciones estadounidenses como Jane’s Addiction, Pixies, Sonic Youth o Soundgarden –y otras más ocultas aún, como lo fueron en es momento los Melvins, Mudhoney o Meat Puppets– proponían un rock de guitarras que abrevaba lo mismo del heavy metal de Black Sabbath que del punk de los Ramones. No obstante, en aquel momento ninguna de esas bandas realmente lograron trascender como para influir en el ánimo del gran público. Tuvo que ser una oscura banda de la fría y lluviosa ciudad de Seattle, en el noroccidental estado de Washington, la que vino a revolucionar la situación, a ponerla literalmente bocarriba y a encabezar un movimiento que en escaso tiempo fue conocido como grunge o, de manera más amplia, "rock alternativo" y cuya influencia se extendió por toda Norteamérica, hasta llegar a Europa y al resto del mundo entero. Nirvana era el nombre de aquel grupo conformado por tres músicos hasta entonces unos completos desconocidos y cuyo líder, el compositor, guitarrista y cantante Kurt Cobain, nacido en 1967 en la cercana población de Aberdeen, habría de convertirse (sin quererlo) en el icono emblemático de toda una época.

  Nirvana había sacado un primer disco (Bleach, 1989) que en su momento pasó sin pena ni gloria. No obstante, en 1991, con Krist Novoselic en el bajo y Dave Grohl en la batería, grabaron un segundo álbum sorprendentemente exitoso con una colección de 12 canciones de las cuales, una entre las once restantes inmediatamente sobresalió para convertirse en el himno de toda una generación de jóvenes insatisfechos con lo que los rodeaba. 'Smells Like Teen Spirit' es el nombre de esa canción y retrataba con realismo y crudeza la situación de millones de adolescentes que entraban a la década de los noventa con la desesperanza que dejaban los diez años anteriores, en un mundo que había sido prácticamente desvalijado por gobiernos como los de Ronald Reagan en los Estados Unidos o Margaret Thatcher en la Gran Bretaña. La canción tuvo un impacto instantáneo y la MTV se encargó de darle la difusión suficiente como para hacer que Nirvana se convirtiera en la banda por antonomasia de ese año. A ello ayudaron, por supuesto, el carisma y la voz desgarrada de Kurt Cobain, un tipo inadaptado con el que fácilmente se pudieron identificarse millones de jóvenes.


"Nevermind" es el nombre de aquella larga duración producida por Butch Vig y publicada hace 22 años por la disquera DGC de Geffen. Aunque 'Smells Like Teen Spirit' fue el sencillo que lo dio a conocer, aunque realidad hay temas aún mejores, y con una mayor profundidad y mejor calidad artística. Están maravillas como 'In Bloom', 'On a Plain', 'Come As You Are', 'Breed', 'Polly' o la entrañable 'Lithium'. "Nevermind" es un álbum catártico y salvaje pero a la vez armónico y melodioso, sus contradicciones lejos de oponerse se complementan de manera magistral. Se trata de una obra que bien combina los mejores componentes del rock y del pop y que posee una actitud rebelde, anticonvencional, que ha trascendido con el tiempo hasta alcanzar una estatura mítica. Visto sin apasionamientos, podría ser algo tan simple como un gran disco de punk, pero su concepción del arte es lo que lo convierte en un hito para la posteridad. Por lo que toca a su portada, es una de las más conocidas de la historia del rock y fácilmente se le puede compararse en fama con las del "Sgt Pepper’s Lonely Hearts Club Band" de los Beatles o "Dark Side of the Moon" de Pink Floyd. La imagen de aquel bebé nadando bajo el agua ha quedado grabada de manera indeleble en el inconsciente colectivo.

Justo en estos tiempos dominados por el pop infecto de fugaces estrellas pop, nos hace falta algo que dinamite las estructuras de la música facilista y boba que padecemos en los medios y son soportadas entre las multitudes.

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