Desde hace décadas, cada vez más personas en distintos países han propuesto la despenalización y legalización de la marihuana, una planta que se dada desde siempre en todo el mundo, que ha sido consumida en muchas culturas y que modifica la percepción. Los efectos más notorios de la marihuana es el incremento de los sentidos (se escucha, se huele y se ve con más nitídez, así como se incrementa la intensidad del gusto y del tacto) también se altera el sentido del tiempo y pueden ser más difíciles la atención y la concentración porque las funciones de la consciencia se atenúan hasta llegar a lo que Pierre Janet llamaba "disminución del nivel mental", un estado en que se activan las funciones inconscientes, sensoriales, muy ligadas al mundo onírico, pues tiende a desvancer la frontera entre la realidad externa y la de la mente. Los expertos en etnobotánica la ubican entre los alucinógenos o enteógenos, ya que puede generar experiencias visionarias.Por lo general, la marihuana no es propia para trabajar; en un principio puede expandir la consciencia (lo cual puede generar paranoia) y se pueden tener discernimientos brillantes, pero posible que éstos se olviden al poco rato porque después relaja e invita a descansar y a ejercitar los sentidos, aunque también, claro, al disfrute dionisiaco y festivo, aunque no tanto como la cafeína, el alcohol, la cocaina u otras drogas más claramente sociales. Cuando disminuyen los efectos, es evidente que hubo un consumo notable de energía, porque da hambre y sed. Claro que es posible trabajar y hacer cosas que requieren atención pero esto consume más energía pues es ir en contra la corriente, contra la naturaleza de la planta, aunque a veces es posible fijarse en alguna actividad especialmente manual y relajarse haciéndola.
Una mujer extremadamente seductora
Un negocio de ganacias alucinantes
No tiene sentido incluir el consumo de la marihuana entre los delitos contra la salud. De todas las drogas que se consumen actualemente es de las más inocuas. Se les prohibe y persigue más bien por ignorancia, aunque también porque "la guerra contra las drogas" tiene importantes funciones políticas, además es un negocio bastante redituable. Con la histeria contra las drogas los gobiernos tienen un vehículo para conservar a sus pueblos en la minoría de edad, pues las drogas se vuelven un villano muy útil y farisiaco para distraer de realidades sociales injustas y peligrosas. Pero esta guerra, por más ruido que se haga y por más dinero que se gaste, jamás se gana, porque no quieren que se gane. Sus ganancias son gigantescas y seducen a millones de personas en el mundo y por supuesto llega a niveles más altos de los gobiernos, los centros financieros y los ejércitos, que periódicamente decapitan narcotraficantes a sabiendas que ellos mismos son parte de una hidra a la cual le brotan más cabezas cada vez que se le corta una.
También es cierto que las drogas no se combaten a fondo porque son evidentes válvulas de escape en sociedades cada vez más deshumanizadas. Le sirven al sistema para desactivar rebeldías, salvo en el caso del auge de los años de mil novecientos sesenta, que vino acompañado de una expansión de conciencia y la consiguiente necesidad de cambiar al mundo. Pero vivimos en una sociedad drogadicta. Medio mundo se droga de una manera u otra. Políticos, polícias, profesionistas, empresarios, ejecutivos, amas de casa, estudiantes, deportistas. La gente se ataca con café, alcohol, tabaco, marihuana, ansiolóticos, crack, heroína, barbitúricos, cocaína, anfetaminas, anabólicos, inhalantes, anestésicos, alucinogénos, éxtasis y demás. Por otra parte hay numerosas y a veces muy sofisticadas formas de adicciones (a la televisión, al trabajo, al poder, al sexo, al juego, al internet o cualquier fanatismo, como demuestra la revista LiberAddictus) y es evidente que son válvulas de escape ante la opresión a la que nos tienen sometidos los centros de poder económico, político y militar.
La manera más eficaz
Por supuesto, eliminar el consumo escapista sólo es posible con una justa administración de la riqueza, amplias libertades y derechos, incluyendo el ocio creativo y el del reventón. Una sociedad de individuos, no de masas, pero eso es imposible en el mundo dizque globalizado y neoliberal. Despenalizar y posteriormente reglamentar el consumo de varias drogas actualmente ilegales sería la manera más eficaz de reducir severamente el narcotráfico (o en su defecto, competir directamente en su mercado), la corrupción y los crímenes que éste acarrea. No se hace porque las élites dominantes nunca les ha convenido. Son muy egoístas y humanamente subdesarrolladas, aunque dispongan de las tecnologías más refinadas que por lo general utilizan con los peores fines. Esto es algo que tiene que venir desde abajo, desde la sociedad misma, un sociedad crítica y auto-crítica. A través de la persistente lucha por esclarecer el tema quizá sea posible lograr que las autoridades, especialemente las legislativas, despenalicen y elaboren reglamentos perspicuos para el consumo de la marihuana, como ocurre actualmente con el alcohol y el tabaco, que son drogas muy dañinas pero que tampoco, de ninguna manera, deben prohibirse.



.jpg)

No hay comentarios:
Publicar un comentario